Piloto de guerra
Piloto de guerra Están convertidos a la paz. Han cambiado por la fuerza de las cosas y se han convertido en mecánicos, médicos, pastores, camilleros. Les arreglan los coches a esas gentecillas que no saben reparar sus trastos de hierro viejo. Y esos soldados ignoran, con el trabajo que se toman, si son héroes o si merecen comparecer ante un consejo de guerra. No les sorprenderÃa ser condecorados. Ni ser puestos en fila contra un muro, con doce balas en el cráneo. Ni ser desmovilizados. Nada les sorprenderÃa. Hace ya tiempo que han franqueado los lÃmites de la sorpresa.
Hay un inmenso hervidero en donde ninguna orden, ningún movimiento, ninguna onda de lo que sea puede nunca propagarse más allá de tres kilómetros. Y lo mismo que los pueblos se hunden uno tras otro en la alcantarilla común, lo mismo esos camiones militares absorbidos por la paz se convierten uno por uno a la paz. Esos puñados de hombres que hubiesen perfectamente aceptado la muerte —pero no se les plantea a ellos el problema de morir—, aceptan los deberes que van encontrando, y reparan la vara de esta carreta vieja en la que tres religiosas han apilado, para Dios sabe qué peregrinación, hacia Dios sabe qué refugio de cuento de hadas, doce niñitos amenazados de muerte.