Piloto de guerra
Piloto de guerra Esto no es óbice para que esta guerra, dejando aparte su sentido espiritual que nos la hacía necesaria, nos haya parecido, en su ejecución, una absurda guerra. La palabra no me ha avergonzado nunca. Apenas habíamos declarado la guerra, cuando empezábamos a esperar, ya que no estábamos en condiciones de atacar, que quisieran aniquilarnos. Ya está hecho.
Disponíamos de gavillas de trigo para vencer a los tanques. Las gavillas de trigo no han servido para nada. Y hoy el aniquilamiento está consumado. Ya no hay ni ejército, ni reservas, ni enlaces, ni material.
Sin embargo, yo prosigo mi vuelo con una imperturbable seriedad. Me lanzo sobre el ejército alemán a ochocientos kilómetros por hora y tres mil quinientas revoluciones por minuto. ¿Por qué? ¡Toma, pues para asustarle! ¡Para que evacúe el territorio! Puesto que los informes que nos piden son inútiles, esta misión no puede tener otro objetivo.
Absurda guerra.
Sin embargo, exagero. He perdido mucha altitud. Los comandos y las manijas se han descongelado. He recobrado mi velocidad normal. Me lanzo sobre el ejército alemán a quinientos treinta kilómetros por hora y dos mil doscientas revoluciones por minuto. Es lástima. Le asustaré mucho menos.
¡Y nos reprocharán que llamemos a esta guerra una guerra absurda!
