Piloto de guerra
Piloto de guerra A pesar de los setecientos metros, yo esperaba. A pesar de los parques de tanques, a pesar de la llama de Arras, yo esperaba. Esperaba desesperadamente. Remontaba por mi memoria hasta la infancia para recordar la sensación de una protección soberana. No hay protección para los hombres. Una vez que uno es hombre, lo sueltan… Pero ¿quién puede algo contra el niño que una Paula todopoderosa tiene de la mano, de una mano bien cerrada? Paula, yo he utilizado tu sombra como un escudo…
He usado de todos los trucos. Cuando Dutertre me ha dicho: «Esto se agrava», he utilizado para poder esperar, esta misma amenaza. Estábamos en guerra: era preciso que la guerra se mostrara. La guerra, al mostrarse, se reducía a algunos surcos de luz. «¿Éste es, pues, el famoso peligro de muerte sobre Arras? Deje que me ría…».
El condenado se había formado del verdugo la imagen de un descolorido robot. Se presenta entonces un buen hombre cualquiera, que sabe estornudar, o siquiera sonreír. El condenado se agarra a la sonrisa como a un camino hacia la liberación… No es más que un fantasma de caminos. El verdugo, aunque sea estornudando, le cortará la cabeza. Pero ¿cómo negarse a la esperanza?
