Piloto de guerra
Piloto de guerra Respiro con calma. Hincho bien el pecho. Es maravilloso respirar. Hay montones de cosas que voy a comprender… pero de momento pienso en Alias. No. En quien primero pienso es en mi granjero. Le interrogaré sobre el número de instrumentos… ¡Y! ¡Qué quiere usted! Yo tengo continuidad en las ideas. Ciento tres. A propósito… el indicador de la nafta, las presiones del aceite… ¡cuando los depósitos están reventados vale más vigilar estos instrumentos! Los vigilo. Los revestimientos de caucho aguantan firmemente. ¡Éste es un perfeccionamiento maravilloso! Vigilo también los giróscopos; esta nube es poco habitable. Una nube de tormenta. Nos sacude violentamente.
—¿No cree que podrĂamos bajar?
—Diez minutos… serĂa mejor que esperáramos diez minutos…
EsperarĂ©, pues, diez minutos todavĂa. ¡Ah! sĂ, pensaba en Alias. ÂżPensará volver a vernos? El otro dĂa llevábamos un retraso de media hora. Media hora, por lo general, es grave… Corro a reunirme con el Grupo, que está comiendo. Empujo la puerta y caigo en mi silla al lado de Alias. Justo en este instante el Comandante levanta su tenedor adornado con un racimo de tallarines. Se dispone a meterlos en el horno. Pero, sorprendido, se interrumpe en seco y me contempla con la boca abierta. Los tallarines cuelgan inmĂłviles.
—Ah… bien… ¡estoy contento de verle!