Piloto de guerra
Piloto de guerra Y engulle los tallarines.
Tiene, para mi manera de ver, un defecto grave, el Comandante. Se obstina en interrogar al piloto sobre las enseñanzas recogidas en la misión. Me interrogará. Me mirará con una paciencia temible esperando que le dicte las primeras verdades. Se habrá armado de una hoja de papel y de una estilográfica para no desperdiciar ni una sola gota de este elixir. Esto me recordará mi juventud: «¿Cómo integra usted, candidato Saint Exupéry, las ecuaciones de Bernouilli?».
Bernouilli… Bernouilli… Y uno permanece ahÃ, inmóvil bajo aquella mirada, como un insecto adornado con un alfiler que le atraviesa el cuerpo. Las enseñanzas de la misión conciernen a Dutertre. Él, Dutertre, observa por la vertical. Ve una porción de cosas. Camiones, chalanas, tanques, soldados, cañones, caballos, estaciones, trenes en las estaciones, jefes de estación. Yo observo demasiado hacia la oblicua. Veo nubes, el mar, rÃos, montañas, el sol. Observo muy en grande. Me formo una idea de conjunto.
—Sabe usted muy bien, mi Comandante, que el piloto…
—¡Vamos! ¡Vamos! Algo se ve.
—Yo… ¡Ah! ¡Incendios! He visto incendios. Eso es interesante…
—No. Todo arde. ¿Qué más?
¿Por qué es cruel Alias?