Piloto de guerra
Piloto de guerra Yo echaría con gusto una ojeada sobre los escaparates, si Dutertre no me obligara a habitar en esta prisión blancuzca. Contemplaría cómo desfila el campo. Claro que es preferible tener aún un poco más de paciencia; este paisaje está envenenado. Todo en él conspira. Los mismos castillitos de provincia que con sus céspedes un poco ridículos y sus docenas de árboles amaestrados parecen joyeros ingenuos para jovencitas cándidas, no son más que trampas en la guerra. Volando bajo, en vez de señales de amistad se cosechan explosivos de torpedos.
A pesar del vientre de la nube, vuelvo del mercado. Tenía razón la voz del Comandante: «Irá usted a la esquina de la primera calle a la derecha y me comprará fósforos…». Mi conciencia está en paz. Tengo los fósforos en el bolsillo. O, más exactamente, se encuentran en el bolsillo de mi camarada Dutertre. ¿Cómo se las arregla para recordar lo que ha visto? Esto es cuestión suya. Y yo pienso en cosas serias. Después del aterrizaje, si nos ahorran el ajetreo de una nueva mudanza, lanzaré un desafío a Lacordaire y le derrotaré en el ajedrez. Detesta perder. Yo también. Pero ganaré.