Piloto de guerra
Piloto de guerra Ayer, Lacordaire estaba borracho. Por lo menos… un poco: No quisiera atentar contra su honorabilidad. Se habÃa emborrachado para consolarse. Habiéndose olvidado, al regresar de un vuelo, de manejar su tren de aterrizaje, asentó el avión de barriga contra el suelo. Alias, que estaba por desgracia presente, contemplaba el avión con melancolÃa, pero sin abrir la boca. ¡Estoy viendo a Lacordaire, el viejo piloto! Esperaba los reproches de Alias. Unos reproches violentos le hubieran hecho bien. Aquella explosión le hubiera permitido explotar a su vez. Se hubiera desinflado de su rabia, replicando. Pero Alias meneaba la cabeza. Alias pensaba en el avión; Lacordaire en aquel momento no le interesaba. Este accidente no era para el comandante Alias más que una desgracia anónima, una especie de impuesto estadÃstico. No se trataba allà más que de esas distracciones estúpidas que sorprenden a los más antiguos pilotos. HabÃa sido infligida injustamente a Lacordaire. Lacordaire estaba virgen, aparte ese descuido de hoy, de toda imperfección profesional. Es por eso que Alias, sin interesarse más que por la vÃctima, solicitó de Lacordaire lo más maquinalmente del mundo, su opinión sobre los desperfectos. Y yo sentà cómo iba creciendo la rabia reconcentrada de Lacordaire. Pone usted amablemente su mano sobre el hombro del verdugo y le dice: «esta pobre vÃctima… eh… cómo debe sufrir…». Las reacciones del corazón humano son insondables. Esta mano suave que solicita su simpatÃa, exaspera al verdugo. Echa sobre la vÃctima una mirada hosca. Lamenta no haberla rematado.