Piloto de guerra
Piloto de guerra Yo no contaré, pues, nada de las misiones de guerra de Hochedé. ¿Voluntario? Lo somos todos siempre para todas las misiones. Pero por una recóndita necesidad de creer en nosotros mismos. Uno se supera entonces un poco. Hochedé es voluntario, naturalmente. «Es» esta guerra. Esto es tan natural que si se trata de un equipo que hay que sacrificar, el Comandante piensa en seguida en Hochedé: «DÃgame, Hochedé…» Hochedé se identifica con la guerra como un monje con su religión. ¿Por qué se bate? Se bate por él. Hochedé se confunde con una cierta substancia que se debe salvar y que es su propia significación. A esta altura, la vida y la muerte se confunden un poco. Hochedé está ya confundido. Tal vez sin él saberlo, no le teme nada a la muerte. Durar, hacer durar… Para Hochedé morir y vivir se concilian.
Lo que en él me deslumbró primero fué su angustia cuando Gavoille trató de quitarle su cronómetro, para medir unas velocidades sobre base.
—Mi teniente… no… no me gusta.
—¡Eres estúpido! ¡Es para un reglaje de diez minutos!
—Mi teniente… hay uno en el almacén de la escuadrilla.
—SÃ. Pero desde hace seis semanas no ha querido moverse de las dos, siete.