Piloto de guerra

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II

Me despierto de mi sueño. El Comandante me sorprende con una extraña proposición:

—Si le fastidia demasiado esta misión… Si no se siente usted con fuerzas, yo puedo…

—¡Por Dios, mi Comandante!

Bien sabe el Comandante que esta proposición es absurda. Pero cuando un equipo no regresa, uno recuerda la seriedad de las caras en la hora de la partida. Se interpreta esta gravedad como señal de un presentimiento. Uno se acusa de no haber hecho caso.

El escrúpulo del Comandante me recuerda a Israel. Estaba yo ayer fumando en la ventana de la Sala de Informaciones. Israel andaba muy aprisa cuando le vi desde la ventana. Tenía la nariz colorada. De pronto me llamó la atención la nariz colorada de Israel. Una gran nariz bien judía y bien colorada.

Yo sentía una amistad profunda por aquel Israel cuya nariz consideraba. Era uno de los más valientes camaradas-pilotos del Grupo. De los más valientes y de los más modestos. Tanto le habían hablado de la prudencia judía, que su valor lo debía confundir con la prudencia. Es prudente ser vencedor.

Pues bien, yo estaba observando su nariz colorada, que no brilló más que un momento, dada la rapidez de los pasos que se llevaron a Israel y su nariz. Sin ánimo de bromear me volví hacia Gavoille:

—¿Por qué tiene esa nariz?…


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