Piloto de guerra

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—Su madre se la ha hecho —respondió Gavoille.

Pero añadió:

—Extraña misión a baja altitud. Va a salir.

—¡Ah!

Y, claro que recordé por la noche, cuando dejamos de esperar el regreso de Israel, aquella nariz que, plantada en medio de una cara totalmente impasible, expresaba de un modo genial, muy suyo, la más dura de las preocupaciones. Si hubiera sido yo quien hubiera tenido que disponer la marcha de Israel, la visión de aquella nariz me hubiera obsesionado durante mucho tiempo como un reproche. Claro que Israel no había respondido a la orden de partida más que con un: «Sí, mi Comandante. Bien, mi Comandante. Comprendido, mi Comandante». Claro que ni un solo músculo de la cara de Israel se había estremecido. Pero suavemente, insidiosamente, traidoramente, la nariz se había iluminado. Israel controlaba los rasgos de su cara, pero no el color de su nariz. Y la nariz había abusado para manifestarse por cuenta propia, en el silencio. La nariz, a despecho de Israel, había expresado al Comandante su fuerte desaprobación.

Por eso no le gusta al Comandante mandar a los que él cree que están abrumados por los presentimientos. Los presentimientos engañan casi siempre, pero dan a las órdenes de guerra un tono de condena. Alias es un jefe, no un juez.


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