Piloto de guerra
Piloto de guerra Sentimos ya nuestra comunidad. Claro que tendremos que expresarla para unirnos a ella. Es esfuerzo de conciencia y de lenguaje. Pero necesitaremos también, para no perder nada de su substancia, hacernos el sordo a las trampas de las lógicas provisorias, de las amenazas y de las polémicas. Debemos, sobre todo, no renegar de nada de lo que somos.
Y por eso, en el silencio de mi noche pueblerina, apoyado contra un muro, empiezo, al regresar de mi misión sobre Arras —e ilustrado creo por mi misión—, a imponerme reglas simples que no traicionaré nunca.
Puesto que soy uno de ellos, no negaré nunca a los míos, hagan lo que hagan. No les criticaré nunca delante de otros. Si es posible defenderles les defenderé. Si me cubren de vergüenza encerraré esta vergüenza en mi corazón y me callaré. Piense entonces lo que piense de ellos, no serviré nunca de testigo contra ellos. Un marido no va de casa en casa para comunicar él mismo a sus vecinos que su mujer es una cualquiera. No sería así como salvaría su honor, pues su mujer es de su casa. No puede ennoblecerse en contra de ella. Hasta que llega a su casa, no tiene derecho a expresar su cólera.