Piloto de guerra

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No me basta con saber qué trigo deseo para que crezca. Si quiero salvar un tipo de hombre —y su poder—, he de salvar también los principios que le han fundado.

Y ocurre que si yo he conservado la imagen de la civilización que reivindico como mía, he perdido las reglas que la transportaban. Yo descubro esta noche que las palabras que usaba no se referían ya a lo esencial. Yo predicaba de este modo la Democracia sin sospechar que enunciaba así, no ya un conjunto de reglas sobre las cualidades y el destino del hombre, sino un conjunto de deseos. Yo deseaba que los hombres fueran fraternales, libres y felices. Claro está. ¿Quién no está de acuerdo sobre esto? Yo sabía exponer «cómo» debe ser el hombre. Y no «quién» debe ser.

Yo hablaba, sin precisar las palabras, sobre la comunidad de los hombres. Como si el clima al que hacía alusión no fuera fruto de una arquitectura especial. Me parecía evocar una evidencia natural. No existe la evidencia natural. Una tropa fascista, un mercado de esclavos son, también, comunidades de hombres.

Esta comunidad de hombres yo no la habitaba ya como arquitecto. Me beneficiaba de su paz, de su tolerancia, de su bienestar. No sabía de ella sino que la habitaba. Vivía en ella como un sacristán o una sillera. O sea como un parásito. Como un vencido.


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