Piloto de guerra
Piloto de guerra Ya no pueden satisfacerme las verdades de la polémica. ¿De qué sirve acusar a los individuos? No son más que vías y pasajes. No puedo ya tratar de explicar que mis ametralladoras se hielan por negligencias de los funcionarios, ni atribuir la ausencia de los pueblos amigos a su egoísmo. Claro que la derrota se manifiesta por ruinas individuales. Pero una civilización forma los hombres. Si la que yo reclamo como mía está amenazada por el desfallecimiento de los individuos, yo tengo el derecho de preguntarme por qué no los ha hecho diferentes.
Una civilización, lo mismo que una religión, se acusa a ella misma, si se lamenta de la molicie de los fieles. Ella tiene la obligación de exaltarlos. Lo mismo ocurre si se lamenta del odio de los infieles. Ella tiene la obligación de convertirlos. Y sucede que la mía, que en otros tiempos ha sido probada, que inflamó a sus apóstoles, quebrantó a los violentos, liberó pueblos de esclavos, no ha sabido ya hoy ni exaltar ni convertir. Si yo deseo desentrañar las raíces de las diversas causas de mi derrota, si tengo la ambición de revivir, he de encontrar primero el fermento que he perdido.
Pues ocurre con una civilización como ocurre con el trigo. El trigo alimenta al hombre, pero el hombre a su vez salva al trigo, cuya simiente entroja. La reserva de simientes es respetada de generación en generación de trigo, como una herencia.