Piloto de guerra

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De nuestro derecho a una libertad así comprendida, no hemos sabido ya servirnos sin caer en contradicciones insuperables. No sabiendo definir en qué caso nuestro derecho era válido y en qué caso ya no lo era, hemos cerrado hipócritamente los ojos, a fin de salvar un principio oscuro de las trabas innumerables que toda sociedad, necesariamente, aportaba a nuestras libertades.

En cuanto a la Caridad, no nos hemos siquiera atrevido a predicarla. Efectivamente, antes, el sacrificio que funda a los Seres, tomaba el nombre de Caridad cuando honraba a Dios a través de su imagen humana. A través del individuo dábamos a Dios o al Hombre. Pero olvidando a Dios o al Hombre, no dábamos más que al individuo. Desde entonces la Caridad tomaba a menudo el aspecto de una diligencia inaceptable. Es la Sociedad, y no el capricho individual, quien debe asegurar la equidad en el reparto de las provisiones. La dignidad del individuo exige que no sea reducido a vasallaje por las generosidades de otro. Sería paradójico ver a los poseedores reivindicar, además de la posesión de sus bienes, la gratitud de los desposeídos.





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