Piloto de guerra
Piloto de guerra En resumen, hago lo que tengo que hacer. No experimento nada más que el placer fÃsico de actos llenos de sentido que se bastan a sà mismos. No experimento ni la sensación de un gran peligro (mucho más inquieto estaba mientras me vestÃa), ni el sentimiento de un gran deber. El combate entre el Occidente y el Nazismo se convierte esta vez, según la escala de mis actos, en acciones ejecutadas sobre unas manijas, unas palancas y unas llaves. Bien está asÃ. El amor de su Dios se convierte para el sacristán en amor de encender las velas. El sacristán va con paso seguro por una iglesia que no ve y está satisfecho de hacer florecer uno tras otro los candelabros. Cuando todos están encendidos, se frota las manos. Está satisfecho de sà mismo.
Yo he reglamentado admirablemente el paso de mis hélices, y tengo mi rumbo, grado más grado menos. Esto debe maravillar a Dutertre si se molesta en observar mi brújula…
—Dutertre… tengo… el rumbo… en la brújula… ¿va bien?
—No, mi capitán. Demasiada deriva. Oblicúe hacia la derecha.
¡No importa!
—Mi Capitán, cruzamos las lÃneas. Empiezo mis fotos. ¿Qué altitud tiene en su altÃmetro?
—Diez mil.