Piloto de guerra

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VI

—¡Capitán… brújula!

Exacto. He oblicuado a la izquierda. No es casualidad… Es la ciudad de Albert que me rechaza. La adivino muy lejos, hacia adelante. Pero ya pesa contra mi cuerpo con todo el peso de su «interdicción a priori». ¡Qué memoria se disimula, pues, en el espesor de los miembros! Mi cuerpo recuerda las caídas sufridas, las fracturas de cráneo, los comas viscosos como jarabe, las noches de hospital. Mi cuerpo teme los golpes. Trata de evitar Albert. Cuando no lo vigilo oblicúa a la izquierda. Tira hacia la izquierda como haría un viejo caballo que desconfiara ya siempre del obstáculo que le ha asustado una vez. Y se trata de mi cuerpo… no de mi espíritu. Cuando estoy distraído es cuando mi cuerpo se aprovecha socarronamente y escamotea a Albert.

Pues yo no experimento nada que sea muy penoso. Ya no deseo dejar de cumplir la misión. He creído hace poco que formulaba este deseo. Me decía: «Los laringófonos estarán averiados. Tengo mucho sueño. Me iré a dormir». ¡Qué imagen tan maravillosa me representaba de este lecho de pereza! Pero yo sabía también, en el fondo, que no se puede esperar de una misión frustrada más que una especie de amargo desagrado. Es como si una muda necesaria hubiera fracasado.

Esto me recuerda el colegio. Cuando era chico.

—¡Capitán!

-¡Qué!


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