Piloto de guerra
Piloto de guerra Ya hace dos horas que estamos sumergidos en una presión exterior reducida al tercio de la presión normal. Poco a poco la tripulación se consume. Nos hablamos apenas. He vuelto a intentar una o dos veces, con prudencia, una acción sobre el balancín de dirección. No he insistido. Cada vez he tenido la misma sensación de una dulce extenuación.
Dutertre, en vista de los virajes que la foto exige, me avisa con mucha anticipación. Me desenvuelvo como puedo con lo que me queda de volante. Inclino el avión y tiro hacia mí. Y consigo para Dutertre unos virajes en veinte episodios.
—¿Qué altitud?
—Diez mil doscientos…
Pienso otra vez en Sagon… El hombre es siempre hombre. Somos hombres. Y, en mí, nunca he encontrado más que a mí mismo. Sagon no ha conocido más que a Sagon. El que muere, muere como fue. En la muerte de un vulgar minero hay un vulgar minero que muere. ¿En dónde se encuentra esta demencia alucinada que, para deslumbrarnos, inventan los literatos?
