Piloto de guerra
Piloto de guerra Yo he visto en España un hombre que salía de la cueva de una casa derrumbada por una bomba, después de unos días de trabajo. La gente rodeaba en silencio y a mi entender con cierta timidez, a aquél que volvía del más allá, envuelto aún en sus escombros, medio embrutecido por la asfixia y por el ayuno, semejante a una especie de monstruo apagado. Cuando algunos se atrevieron a interrogarle, y él prestó atención glauca a sus preguntas, la timidez de las gentes se convirtió en malestar.
Probaban con él llaves equivocadas, pues la verdadera pregunta nadie sabía formularla. Le decían: «¿Qué sentía usted? ¿Qué pensaba usted? ¿Qué hacía usted?…». Echaban así al azar unos puentecillos sobre un abismo, como hubieran usado de cualquier convención para alcanzar, en su noche, al ciego sordomudo que intentaran socorrer.
Pero cuando el hombre pudo contestarnos, respondió:
—Ah, sí, oía grandes crujidos…
O bien:
—Estaba muy preocupado. Duraba mucho… ¡Ah! duraba demasiado…
O bien:
—Me dolían los riñones, me dolían mucho…