Piloto de guerra

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Pero por lo visto soy un colegial raro. Soy un colegial que se da cuenta de su felicidad y que no tiene prisa por afrontar la vida…

Dutertre pasa. Le invito:

—Siéntate ahí, voy a hacerte un juego de manos…

Y me divierte mucho encontrar su as de pique.

Enfrente de mí, sobre un pupitre negro como el mío, está sentado Dutertre con las piernas colgando. Se ríe. Yo sonrío modestamente. Pénicot se acerca a nosotros y apoya un brazo sobre mi hombro:

—¿Y pues, camarada? ¿Qué hay, compañero?

Dios mío ¡qué tierno es todo esto!

Un celador (¿es realmente un celador?) abre la puerta para convocar a dos camaradas. Ellos sueltan sus reglas, sus compases, se levantan y salen. Les seguimos con la vista. Se acabó el colegio para ellos. Los sueltan en la vida. Su ciencia va a servir. Van, como hombres, a ensayar sobre sus adversarios las fórmulas de sus cálculos. Extraño colegio, del que cada uno se va cuando le llega el turno. Y sin grandes adioses. Esos dos camaradas ni siquiera nos han mirado. Los azares de la vida, sin embargo, los llevarán, tal vez, más allá de la China. ¡Mucho más lejos! Cuando la vida, después del colegio, dispersa a los hombres, ¿pueden jurar volver a verse?


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