Piloto de guerra
Piloto de guerra Entonces, después de haber pesado bien, madurado bien, retardado bien mi decisión, saltaba de pronto, con los dientes apretados, hasta la chimenea, en donde encendía un fuego de leña que rociaba con nafta. Luego, una vez inflamada la nafta, y conseguido atravesar el cuarto otra vez, me hundía en la cama en la que volvía a encontrar un buen calorcito y en donde, metido bajo las colchas y el edredón hasta el ojo izquierdo, vigilaba la chimenea. De momento no prendía casi nada, luego había unos rápidos relámpagos, que iluminaban el techo. Después el fuego empezaba a instalarse allá adentro como una fiesta que se organiza. Empezaba a crepitar, a roncar, a cantar. Era alegre, tan alegre como un banquete de bodas campestres, cuando la gente comienza a beber, a calentarse, a darse con el codo.