Piloto de guerra
Piloto de guerra Y había en la planta baja de aquella gran casa de campo un vestíbulo que me parecía inmenso, y al cual daba la pieza, abrigada, en la que comíamos los niños. Yo siempre había tenido miedo de aquel vestíbulo, tal vez por aquella débil lámpara que, hacia el centro, lo sacaba apenas de su penumbra, una señal más que una lámpara, tal vez por causa de aquellos altos zócalos de madera que crujían en el silencio, a causa también del frío. Pues se desembocaba allí, viniendo de las piezas luminosas y calientes, como en una caverna.
Pero aquella noche, viéndome olvidado, cedí al demonio del mal, me puse de puntillas hasta alcanzar el picaporte de la puerta, la empujé suavemente, desemboqué en el vestíbulo y me fui, fraudulentamente, a explorar el mundo.
El crujido de la madera, sin embargo, me pareció un aviso de la cólera celestial. Yo entreveía vagamente en la penumbra los grandes paneles que me lanzaban reproches. No atreviéndome a continuar, efectué lo mejor que pude la ascensión de una consola, y, con la espalda apoyada en el muro, me quedé allí, con las piernas colgantes y el corazón latiéndome, como hacen todos los náufragos, sobre un arrecife en pleno mar.
Entonces fué cuando se abrió la puerta de un salón y dos tíos, que me inspiraban un terror sagrado, volviendo a cerrar la puerta tras sí al ruido y las luces, empezaron a deambular en el vestíbulo.