Piloto de guerra

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Yo temblaba de que me descubrieran. Uno de ellos, Huberto, era para mí la imagen de la severidad. Un delegado de la justicia divina. Aquel hombre, incapaz de dar un bofetón a un niño, me repetía frunciendo las terribles cejas con motivo de cada uno de mis crímenes: «La próxima vez que vaya a América traeré una máquina de dar azotes. Todo está muy perfeccionado en América. Por eso los niños de allí son la bondad misma. Y eso representa una gran tranquilidad para los padres».

A mí no me gustaba América.

Y he aquí que deambulaban sin verme, de arriba abajo, a lo largo de aquel vestíbulo glacial e interminable. Yo les seguía con los ojos y con los oídos, reprimiendo la respiración, atacado de vértigo. «La época presente…» decían. Y se alejaban, con su secreto para personas mayores, y yo me repetía: «La época presente…». Luego volvían como una marea que hubiera de nuevo traído hacia mí sus indescifrables tesoros. «Es insensato, decía el uno al otro, es positivamente insensato…». Yo recogía la frase como si fuera un objeto extraordinario. Y repetía lentamente para probar el poder de estas palabras sobre mi conciencia de cinco años: «Es insensato, es positivamente insensato…».


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