Tierra de hombres

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Es incomprensible que estemos vivos. Con la linterna recorro las huellas del avión en el suelo. A doscientos cincuenta metros del lugar donde se ha detenido encontramos ya trozos de hierro retorcidos y chapas con los que, a lo largo de su recorrido, ha ido salpicando la arena. Cuando llegue la luz, nos enteraremos de que hemos chocado tangencialmente contra una pendiente suave en la cumbre de una meseta desierta. En el punto de impacto hay un agujero en la arena semejante al de una reja de arado. Sin volcar, el avión ha seguido su camino sobre la panza con una cólera y con unos movimientos de cola de reptil. Ha reptado a doscientos setenta kilómetros por hora. Seguramente les debemos la vida a esas piedras negras y redondas, que ruedan libremente en la arena y que han formado un cojinete de bolas.

Prévot desconecta las baterías para evitar que, a causa de un cortocircuito se reproduzca el fuego.

Me he apoyado contra el motor y reflexiono: ahí arriba puedo haber tenido un viento de cincuenta kilómetros por hora pues, en efecto, notaba las sacudidas. Pero, si después de las previsiones meteorológicas, el viento ha cambiado, no tenga ni idea de la dirección. Así que me encuentro en un cuadrado de cuatrocientos kilómetros de lado.

Prévot se sienta a mi lado y me dice:

—Es extraordinario que estemos vivos…


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