Tierra de hombres
Tierra de hombres No le respondo, ni tampoco siento ninguna alegrÃa. Una idea incipiente empieza a abrirse paso en mi cabeza y comienza a atormentarme.
Le pido a Prévot que encienda su linterna como punto de referencia, y, con la mÃa en la mano, me voy en lÃnea recta. Miro atentamente el suelo. Avanzo lentamente; trazo un amplio semicÃrculo; cambio varias veces de dirección. Sigo examinando el suelo como si estuviera buscando un anillo perdido. Hace sólo un instante que, del mismo modo, está buscando el rescoldo. Sigo avanzando en la oscuridad, inclinado sobre el blanco disco de luz que me guÃa.
Pues sÃ… Pues sÃ… Vuelvo despacio al avión. Me siento cerca de la cabina y reflexiono.
Buscaba una razón para la esperanza y no la he encontrado. Buscaba una señal, un regalo de la vida, y la vida no me ha dado ninguna señal.
—Prévot, no he visto ni una brizna de hierba.
Prévot calla. No sé si me ha comprendido. Volveremos hablar del asunto cuando se levante el telón, cuando llegue la luz. Sólo siento un enorme cansancio; pienso: «¡A cuatrocientos kilómetros, más o menos, en el desierto…!». De repente me pongo en pie, de un salto:
—¡El agua!