Tierra de hombres
Tierra de hombres Sé muy bien qué es un espejismo. ¡A mí no me engaña! Pero ¿y si a mí me apetece meterme en un espejismo? ¿Si a mí me apetece tener esperanza? ¿Si me apetece amar esta ciudad almenada y engalanada por el sol? Si me apetece caminar en línea recta, a paso ligero, puesto que ya no siento la fatiga, puesto que soy feliz… Prévot y su revólver. ¡No me hagáis reír! Prefiero mi embriaguez. Estoy ebrio. ¡Me muero de sed!
El crepúsculo me ha serenado. Me he parado bruscamente, asustado de haber llegado tan lejos.
Con el crepúsculo, el espejismo muere. El horizonte se ha desprendido de su pompa, de sus palacios, de sus vestimentas sacerdotales. Es un horizonte de desierto.
—¡Has avanzado mucho! Te alcanzará la noche y tendrás que esperar el día, y mañana tus huellas se habrán borrado y ya no estarás en ninguna parte.
—En ese caso, tanto da seguir caminando en línea recta… ¿Para qué volver a dar media vuelta?
Ya no quiero dar este golpe de timón, cuando tal vez iba a abrir, cuando abría los brazos sobre el mar…
—¿Dónde has visto el mar? Además, nunca lo alcanzarás. Puedes estar seguro de que trescientos kilómetros te separan de él. ¡Y Prévot permanece cerca del Simoun! Y tal vez ha sido descubierto por una caravana…