Tierra de hombres
Tierra de hombres Heme aquí, durante un minuto, infinitamente dichoso. Y me digo todavía: «Sólo se puede adivinar cómo es el mundo en que vivimos si uno se encierra en él». Sólo ahora comprendo el cigarrillo y el vaso de ron del condenado. Yo no entendía que aceptara esa miseria. Y, sin embargo, disfruta con ellos. Si le vemos sonreír, pensamos que es un hombre valiente. Pero sonríe porque se bebe una copa de ron. Nosotros no sabemos que su perspectiva ha cambiado y que de esta última hora ha hecho toda una vida humana.
Hemos recogido una gran cantidad de agua: dos litros, tal vez. ¡Se acabó la sed! ¡Estamos salvados, vamos a beber!
De mi depósito extraigo el contenido de un cubilete de estaño, pero esta agua tiene un hermoso color verde amarillo y, en cuanto bebo un sorbo, le noto un sabor tan espantoso que, a pesar de la sed que me atormenta y antes de poder tragármelo, tengo que coger aire. Beberé, sin embargo, el barro, aunque el sabor a metal envenenado es más fuerte que mi sed.