Tierra de hombres
Tierra de hombres Veo a Prévot que mira al rededor del suelo, como si estuviera buscando algo con atención. De repente se inclina y vomita sin dejar de mirar a su alrededor. Treinta segundos después me toca a mí. Tengo tantos retortijones que caigo de rodillas y hundo los dedos en la arena. No hablamos y, durante un cuarto de hora, permanecemos así, estremeciéndonos, echando ya sólo un poco de bilis.
Se acabó. Sólo experimento una náusea lejana… Pero hemos perdido la última esperanza. Ignoro si nuestro fracaso se ha debido a alguna capa del paracaídas o al receptáculo de tetracloruro de carbono que recubre el depósito. Hubiéramos necesitado otro recipiente u otros manteles.
Vamos, ¡démonos prisa! Es de día. ¡En marcha! Huyamos de esta meseta maldita y caminemos con brío en línea recta, hasta caer. Sigo el ejemplo de Guillaumet en los Andes: desde ayer pienso mucho en él. Estoy infringiendo la consigna que, de forma terminante, exige permanecer junto al avión accidentado. Ya no nos buscarán aquí.