Tierra de hombres
Tierra de hombres Descubrimos de nuevo que no somos nosotros los náufragos. ¡Los náufragos son los que esperan! Aquéllos a quienes amenaza nuestro silencio, los que están destrozados por un error abominable. No podemos dejar de correr hacia ellos. ¡También Guillaumet, al volver de los Andes, me contó que corrÃa hacia los náufragos! Esto es una verdad universal.
—Si estuviera solo en el mundo, me tumbarÃa.
Y seguimos avanzando en lÃnea recta, hacia el Nordeste. Si hemos cruzado el Nilo, entonces, a cada paso, nos estamos hundiendo más profundamente en el espesor del desierto de Arabia.
De ese dÃa ya no recuerdo nada más. Sólo la prisa. Prisa por alcanzar cualquier cosa, por derrumbarme. Me acuerdo también de caminar con la vista fija en el suelo, los espejismos me habÃan descorazonado. De vez en cuando rectificamos el rumbo con ayuda de la brújula.
También algunas veces nos tumbamos para superar el aliento. En algún lugar, me desprendà del chubasquero que conservaba para pasar la noche. Ya no sé nada más. Mis recuerdos sólo se reanudan a partir del momento en que llegó el frescor de la noche. Yo era también como la arena y, en mÃ, se borró todo.