Tierra de hombres
Tierra de hombres Al ponerse el sol decimos acampar. Ya sé que tendrÃamos que seguir andando: esta noche sin agua acabará con nosotros, pero hemos traÃdo los trozos de tela del paracaÃdas. Si el veneno no procede del recubrimiento, quizá, mañana por la mañana, podremos beber. Tenemos que extender otra vez nuestras trampas para el rocÃo.
Al Norte esta noche el cielo está virgen de nubes. El viento ha cambiado de forma de pensar.
También ha cambiado de dirección. El cálido viento del desierto ya comienza a acariciarnos. ¡La fiera está despertando! Noto cómo nos lame las manos y la cara…
Si echo a andar otra vez, no llegaré ni a diez kilómetros. Después de tres dÃas sin beber ya he cubierto ochenta…
Pero, en cuanto paramos:
—Te juro que es un lago. —Me dice Prévot.
—Estás loco.
—A estas horas, con el crepúsculo, ¿puede ser un espejismo?
No respondo. Hace demasiado tiempo que he renunciado a creer en mis ojos. Quizá no sea un espejismo, en cuyo caso es una invención de nuestra locura. ¿Cómo es posible que Prévot lo siga creyendo?
Prévot se obstina:
—Está a veinte minutos, voy a ver…
Semejante cabezonerÃa me irrita: