Tierra de hombres

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—Vete a ver, vete a tomar viento… Es muy bueno para la salud. Pero entérate, tu lago, si es que existe, es salado. Salado no, es un lago del demonio. Y, además, no existe.

Prévot, con la mirada fija, se aleja. ¡Conozco bien estas soberanas atracciones! Pienso: «Del mismo modo, hay sonámbulos que se arrojan de cabeza debajo de las locomotoras». Sé que Prévot no regresará. El vértigo del vacío lo atrapará y ya no podrá volver. Caerá un poco más lejos. Él morirá por su lado y yo por el mío. ¡Y todo esto sigue teniendo tan poca importancia!

No creo que la indiferencia que se ha adueñado de mí sea un buen augurio. Cuando estaba medio ahogado experimenté la misma paz. Como sea, aprovecho el momento para escribir una carta póstuma, tumbado boca abajo sobre las piedras. Mi carta es muy bella, muy digna. En ella prodigo muy buenos consejos. Releyéndola experimento el vago placer de la vanidad. Dirán: «¡Esta sí que es una auténtica carta póstuma! ¡Qué lástima que haya muerto!».

Quisiera saber también donde me encuentro. Intento salivar. ¿Cuánto hace que no he escupido?


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