Tierra de hombres
Tierra de hombres Otra linterna se enciende a doscientos metros de la suya, y otra más. ¡Dios mío! ¡Es una batida y me están buscando!
Grito:
—¡Eh!
Pero no me oyen.
Las tres linternas siguen haciendo señales de aviso.
Esta noche no estoy loco. Me encuentro bien. Estoy en paz. Miro con atención. Hay tres linternas a quinientos metros.
—¡Eh!
Pero siguen sin oírme.
Una breve sensación de pánico me sobrecoge. La única que puedo experimentar. ¡Ah! Todavía puedo correr: «¡Esperad…! ¡Esperad…!». ¡Van a dar media vuelta! ¡Van a alejarse, a buscar en otra parte, y yo voy a caer! ¡Voy a caerme en el umbral de la vida, cuando había brazos para acogerme…!
—¡Eh! ¡Eh!
—¡Eh!
Me han oído. Me sofoco, me sofoco, pero sigo corriendo. Corro en dirección a la voz: «¡Eh!».
Veo a Prévot y me caigo.
—¡Ah! ¡Cuándo he visto todas esas linternas…!
—¿Qué linternas?