Tierra de hombres

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Me doy cuenta un poco más tarde. ¡Me he vuelto a levantar y, sin dejar de temblar, avanzo en línea recta! ¿Dónde estoy? ¡Ah! Hace muy poco que camino. ¡Oigo a Prévot! Han sido sus gritos los que me han despertado…

Regreso junto a él, agitándome sin parar por este temblor, por este hipo que me sacude todo el cuerpo. Me digo: «No es el frío. Es otra cosa. Es el fin». Ya me he deshidratado demasiado. He caminado tanto, anteayer y ayer, cuando iba solo.

Me da pena acabar por culpa del frío. Preferiría mis espejismos interiores. Aquella cruz, aquellos árabes, aquellas linternas. Después de todo, esto empezaba a interesarme. No me gusta que me flagelen como a un esclavo…

Otra vez estoy de rodillas.

Hemos traído un pequeño botiquín. Cien gramos de éter puro, cien gramos de alcohol de noventa grados y un frasco de yodo. Intento beber dos o tres sorbos de éter puro. Es como si me tragara cuchillos. Después, un poco de alcohol que me cierra la garganta.

Cabo una zanja en la arena, me acuesto dentro y me cubro con la arena. Sólo saco la cara. Prévot ha encontrado unas ramitas y enciende un fuego cuyas llamas pronto se extinguirán. Se niega a enterrarse en la arena. Prefiere golpear el suelo con los pies para calentarlos. Se equivoca.


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