Tierra de hombres
Tierra de hombres Bajo esta atmósfera sin vapor de agua, la tierra resplandece deprisa. Ya hace mucho frío. Me levanto y camino. Pero pronto tengo unos temblores insoportables. Mi sangre deshidratada circula muy mal y, un frío glacial, que no es sólo frío de la noche, me penetra. Me castañetean las mandíbulas y todo mi cuerpo se sobresalta. Experimento tantas sacudidas en la mano que ya no puedo utilizar la linterna eléctrica. Nunca he sido un friolero y, sin embargo, voy a morir de frío. ¡Qué raros son los efectos de la sed!
He dejado caer mi chubasquero en alguna parte, cansado de llevarlo con el calor. Poco a poco el viento empieza a reinar. Y yo descubro que en el desierto no existe ningún refugio. El desierto es liso como un mármol. Durante el día no ofrece ninguna sombra y, por la noche, me entrega al viento completamente desnudo. Ni un árbol, ni un seto, ni una piedra que pueda ofrecerme abrigo. Como un regimiento de caballería en terreno descubierto, el viento carga contra mí. Giro en redondo para esquivarlo. Me tumbo y vuelvo a ponerme en pie. Tumbado o en pie, estoy expuesto a ese látigo de hielo. ¡No puedo correr, ya no tengo fuerzas, no puedo huir de los asesinos, y caigo de rodillas, con la cabeza entre las manos, bajo el sable!