Tierra de hombres
Tierra de hombres No me quejaré. Durante tres días he caminado, he tenido sed, he seguido pistas en la arena, he depositado mis esperanzas en el rocío. He buscado la forma de encontrar a mi especie, cuyo albergue en la tierra había olvidado. Eso sólo son preocupaciones de estar vivo. No puedo evitar pensar que no son más importantes que tener que elegir una sala de fiestas por la noche.
Ya no comprendo el gentío de los trenes de cercanías, esos hombres que se creen hombres y que, sin embargo, por una presión de la que no son conscientes, están reducidos, como las hormigas, a ser sólo usados. ¿Con qué llenan, cuando están libres, sus pobres domingos absurdos?
En cierta ocasión, en Rusia, escuché interpretar a Mozart en una fábrica. Escribí sobre ello.
Recibí doscientas cartas repletas de injurias. No tengo nada contra los que prefieren la música de cafetucho. No conocen otra. Yo estoy contra el gerente de cafetucho. No me gusta que a los hombres se les eche a perder.
Soy feliz con mi oficio. Me siento campesino de las escalas. ¡Mi agonía en el tren de cercanías es tan diferente de la que siento aquí! Aquí, después de todo, ¡qué lujo…!
No lamento nada. He jugado, he perdido. Son gajes del oficio. Pero, a pesar de todo, yo he respirado el viento del mar.