Vuelo nocturno
Vuelo nocturno Adivinaba, con embarazo, que representaba aquà una verdadera enemiga, lamentaba casi haber venido, hubiera deseado esconderse, y, por miedo a que fuese demasiado reparada su presencia, retenÃa la tos y el llanto. Se descubrÃa insólita, inconveniente, como desnuda. Pero su verdad era tan fuerte, que las miradas fugitivas venÃan, a escondidas, incansablemente, a leerla en su rostro. Esa mujer era muy hermosa. Revelaba a los hombres el mundo sagrado de la felicidad. Revelaba qué materia augusta se lastima, sin saberlo, al actuar. Bajo tantas miradas, entornó los ojos. Revelaba qué paz, sin saberlo, se puede destruir.
VenÃa a interceder tÃmidamente por sus flores, por su café servido. De nuevo, en esta oficina, más frÃa aún, su débil temblor de labios volvió a aparecer. También descubrÃa su propia verdad, inexpresable, en este otro mundo. Todo lo que en ella se erguÃa de abnegación casi salvaje, por ferviente, le parecÃa tomar aquà un rostro inoportuno, egoÃsta. Hubiese querido huir.
—Le molesto…
—No me molesta usted, señora —le dijo Rivière—; desgraciadamente, ni usted ni yo podemos hacer otra cosa que esperar.