Vuelo nocturno

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La mujer de Fabien se hizo anunciar. Traída por la inquietud, esperaba en la oficina de los secretarios que Rivière la recibiese. Los secretarios, a escondidas, alzaban sus ojos hacia este rostro. Experimentaba una especie de vergüenza, y miraba, temerosa, a su alrededor: todo aquí le era hostil. Esos hombres, que continuaban su trabajo, como si anduvieran sobre un cuerpo; esos expedientes donde la vida humana, el dolor humano no dejaba otro residuo que el de las duras cifras. Buscaba señales que le hablasen de Fabien; en su casa, todo le recordaba esa ausencia: el lecho desembozado, el café servido, un ramo de flores… Aquí no descubría ninguna traza. Todo se oponía a la piedad, a la amistad, al recuerdo. La sola frase que oyó, pues nadie levantaba la voz ante ella, fue el juramento de un empleado, que reclamaba una factura: «… La factura de las dínamos, ¡santo Dios!, que expedimos a Santos». Ella levantó los ojos sobre este hombre, con una expresión de infinita sorpresa. Luego, sobre la pared donde se desplegaba un mapa. Sus labios temblaban algo, apenas.






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