Novelas a Marcia Leonarda

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Rogó Otavio a Celio que se fuese con él aquella tarde a su casa, que bien podrían estar donde aquellas damas no les viesen. Y así, se entraron en una recámara que había sido de su padre, pieza bien apartada de la conversación de aquellas señoras. Pero no lo fue tanto como Otavio había imaginado, porque con el alboroto de los huéspedes y el no fiarse todas las cosas de las criadas, Diana fue a sacar de un camarín algunos vidrios o regalos que para tales ocasiones tienen tales personas. Sintiendo que entraba su hermano, detuvo algo turbada el paso. Detúvose también Celio, y cuando ya Diana salía, Otavio había entrado en la recámara. Quedó atrás Celio, y poniendo ella los ojos en él, sacó todos los deseos del alma a las colores del rostro con tan grande aumento de su hermosura como flaqueza de su ánimo. Celio cuanto pudo se llegó a ella, que fue lo más que pudo con su turbado atrevimiento, y al pasar Diana le dijo:

–¡Qué deseada tenía yo esta vista!

A quien ella respondió con agradable rostro:

–No estáis engañado.



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