Novelas a Marcia Leonarda
Novelas a Marcia Leonarda Diana, que no estaba descuidada de lo que había de hacer ni de lo que había de llevar, vistiose las nuevas galas y, tomando las llaves secretamente, se puso a esperar a Celio a un balcón que sobre la puerta había. Dieron las doce, hora en que siempre venía su hermano de jugar o de otros pasatiempos juveniles, y estando llena de mortales sospechas y congojas vio con la claridad de la luna venir un hombre de buen talle y disposición, con un sombrero de tafetán de falda grande, pluma blanca y alguna cosa de oro que como trancelín de diamantes a su parecer resplandecía; y así en esto como en lo demás le pareció a Celio. Pasó el hombre sin advertir en nada y ella, temerosa y ciega, le ceceó dos veces. Volvió el hombre el rostro y, viendo tan buena traza de mujer y en casa tan principal, acercose a ella sin hablarla, con miedo de lo que podía sucederle. Diana le dijo entonces:
–¿Es ya hora?
Y él respondió:
–Cualquiera es buena.
Entonces, sin advertir en su voz con la engañada imaginación de la que esperaba, le dio el cofre, diciendo:
–Aguardad a la puerta.