Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

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La convicción de que todos los salvajes estaban muertos hizo que los nuestros se atrevieran a salir del árbol sin haber cargado de nuevo las armas, lo cual fue un paso equivocado; se llevaron una cierta sorpresa al llegar al lugar y encontrarse con nada menos que cuatro salvajes vivos, dos de ellos apenas heridos, o ilesos por completo. Eso les obligó a atacarlos con las culatas de los mosquetes; en primer lugar se aseguraron del que había huido, pues era el causante de aquella desgracia, y de otro que estaba herido en la rodilla: a ambos los aliviaron de su dolor. Luego, el que ni siquiera estaba herido se acercó y se arrodilló ante ellos, con las dos manos en alto y dirigiéndoles unos gemidos penosos, suplicando por su vida con gestos y señales, aun sin poder decirles una sola palabra comprensible. De todos modos, ellos le indicaron por señas que se quedara sentado al pie de un árbol, cerca de allí; uno de los ingleses le ató las manos a la espalda con un cordón de fibras trenzadas que llevaba en el bolsillo por casualidad y lo dejaron allí. Salieron con la mayor velocidad en pos de los otros dos, los que habían pasado primero, temiendo que tanto ellos como algún otro pudieran encontrar el camino que llevaba a su escondite en el bosque, donde estaban sus esposas y las pocas propiedades que les quedaban. En una ocasión llegaron a verlos, mas estaban muy lejos; de todos modos, les satisfizo ver que cruzaban un valle hacia el mar, casi el camino contrario al que llevaba a su escondite; contentos con eso, volvieron hacia el árbol en que habían dejado a su prisionero y supusieron que lo habrían liberado sus camaradas, pues ya no estaba allí; los dos trozos de cordón que habían usado para atarlo estaban tirados al pie del árbol.


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