Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

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Aceptaron la propuesta con la mejor voluntad y vinieron muy alegres con él; así que les adjudicamos tierras y plantaciones y tres o cuatro de ellos las aceptaron. Los demás, en cambio, escogieron emplearse como sirvientes en las distintas familias que se habían instalado. Así, mi colonia quedó establecida del siguiente modo: los españoles poseían mi plantación original, convertida en capital de la isla, y extendida por ellos, a lo largo de la orilla del arroyo que se convertía luego en el riachuelo que tantas veces he descrito ya, hasta mi glorieta; a medida que aumentaban los cultivos, se extendían siempre hacia el este. Los ingleses vivían en la parte noreste, donde habían empezado Will Atkins y sus camaradas, y se extendían hacia el sur y el suroeste, en dirección a la parte trasera del territorio de los españoles; todas las plantaciones tenían mucha tierra disponible para anexionar, llegada la ocasión, de modo que no tenían que pelearse entre ellos por falta de espacio.

Todo el extremo oeste de la isla quedaba deshabitado, de modo que si desembarcaban allí los salvajes, podían llegar e irse tranquilamente si sólo lo hacían para sus barbaridades habituales: mientras no molestaran a nadie, nadie los molestaría; y sin duda, a menudo acudían a la playa y se volvían a ir enseguida, pues nunca llegó a mis oídos que los colonos hubieran sufrido nuevos ataques o disturbios.


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