Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Mientras alistábamos a aquel hombre para partir, mi viejo socio me habló de un tipo honesto, un plantador brasileño, conocido suyo, que se habÃa puesto a malas con la Iglesia: «No sé qué le ocurre —dijo— mas, por mi conciencia, creo que en el fondo es un hereje; y se ha visto obligado a esconderse por miedo a la Inquisición». Me dijo que le encantarÃa tener la ocasión de escapar con su mujer y sus dos hijas; y que si yo le dejaba llegar a la isla y le adjudicaba una plantación, él le darÃa un pequeño capital con el que empezar, pues los oficiales de la Inquisición habÃan confiscado todos sus bienes y sus propiedades, y no le habÃan dejado más que los artÃculos de la casa y dos esclavos.
«Y aunque yo odio sus principios —añadió— no quisiera que cayera en sus manos, pues no cabe duda de que en ese caso lo quemarÃan vivo».
Se lo concedà de inmediato y mi inglés se unió a ellos: escondimos a aquel hombre, su mujer y sus hijas en el barco hasta que pudimos botar el balandro; y luego (tras haber cargado en el balandro todas sus provisiones unos dÃas antes) montaron en él cuando ya estábamos fuera de la bahÃa.