Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Mas eso no era todo: sentía una especie de impaciencia por acercarme a casa, y sin embargo tenía la mayor indecisión imaginable: qué camino tomar. Mientras se prolongaban esas dudas, mi amigo, que siempre estaba buscando negocios, me propuso un nuevo viaje: esta vez a las islas de las especias, para llevar a casa un cargamento de clavo de Manila, o de por ahí: son lugares en los que, ciertamente, comercian los holandeses aunque las islas pertenecen en parte a los españoles. Sin embargo, no fuimos tan lejos, sino a otras islas en las que aquellos no tienen tanto poder como en Batavia, Ceilán y etcétera. No nos llevó mucho tiempo preparar el viaje: la mayor dificultad residía en convencerme para que participara. De todos modos, al final, como no se me ofrecía nada más, me pareció que obtendría más placer y satisfacción mental si me movía un poco y comerciaba con beneficios tan grandes y, si puedo decirlo, seguros, que si me quedaba quieto. Como esto último representaba para mí la parte más desgraciada de la vida, decidí emprender también ese viaje. Lo hicimos con gran éxito, parando en Borneo y en varias islas cuyos nombres ya no recuerdo, y regresamos a casa al cabo de seis meses. Vendimos las especias, principalmente clavo y nuez moscada, a comerciantes persas que se las llevaron al Golfo; con un beneficio de cinco por uno, en verdad ganamos una gran cantidad de dinero.
Cuando cerramos las cuentas, mi amigo me sonrió: