Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Entonces decidimos navegar hacia allí; en consecuencia, aunque fuera por medio de un rumbo tedioso e irregular, y con gran racionamiento de provisiones, llegamos a la vista de la costa una mañana a primera hora; tras pensar en las circunstancias por las que habíamos pasado y el peligro que habríamos corrido si no llegamos a escapar, decidimos ponernos al abrigo de un río pequeño que, sin embargo, tenía el calado suficiente para nuestro barco, y ver si conseguíamos, ya fuera por tierra o por medio del bote auxiliar, averiguar qué barcos había en los puertos cercanos. Desde luego, ese feliz paso supuso nuestra salvación, pues aunque no vimos al principio ningún barco europeo en la bahía de Tonkín, a la mañana siguiente entraron en ella dos naves holandesas y una tercera que nos pareció de la misma nacionalidad pese a no llevar la bandera desplegada, pasaron a unas dos leguas de distancia y, ya por la tarde, se acercaron a dos barcos ingleses que mantenían el mismo rumbo. Así que nos dimos cuenta de que estábamos rodeados de enemigos por todas partes. El lugar en que nos encontrábamos era bárbaro y salvaje, sus habitantes eran ladrones, incluso por profesión u ocupación, y si bien es cierto que no queríamos casi nada de ellos y apenas procurábamos su encuentro, salvo para conseguir algunas provisiones, nos costaba mucho evitar que nos ofendieran de muy diversas maneras.