Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

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Mi viejo piloto lo leyó una y otra vez y me preguntó repetidamente si estaba dispuesto a mantenerlo. Le contesté que lo mantendría mientras me quedase algo en el mundo, con la certeza de que, antes o después, encontraría la ocasión de hacérselo pagar. Mas nunca llegó la oportunidad de que el piloto les llevara la carta porque él no regresó. Mientras hablábamos de todo eso llegamos directamente a Nanquín y, al cabo de unos trece días de navegación, anclamos en el extremo suroeste del gran golfo del mismo nombre; donde, por cierto, llegó casualmente a mis oídos que los dos barcos holandeses habían ido hasta allí en mi busca y que estaban seguros de que caería en sus manos. Consulté de nuevo con mi socio ante tal circunstancia y él se mostró tan desesperado como yo y afirmó que prefería verse a salvo en tierra, antes que en cualquier otro lugar. Sin embargo, en vez de quedarme perplejo, pregunté al viejo piloto si no habría algún riachuelo o algún puerto en el que pudiera refugiarme y llevar a cabo en privado mis negocios con los chinos sin temer al enemigo. Me contestó que, si estaba dispuesto a navegar unas cuarenta y dos leguas hacia el sur, había un pequeño puerto llamado Quinchang, en el que solían desembarcar los sacerdotes de la misión de Macao que acudían a enseñar la religión cristiana a los chinos, y donde nunca entraba ningún barco europeo. Si me parecía bien refugiarme allí, ya consideraría qué dirección tomar cuando estuviera en tierra. Me dijo que debía confesar que no era lugar para comerciantes, aunque de vez en cuando se celebraba allí una feria cuando acudían los mercaderes japoneses a comprar mercancías chinas.


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