Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Al fin llegamos a Pekín. Yo no llevaba conmigo más que al joven que me había atribuido como sirviente mi sobrino, el capitán, y que había demostrado ser fiable y diligente; mi socio llevaba también un sirviente, familiar suyo. En cuanto al piloto portugués, como deseaba ver la corte, le regalamos el pasaje. Es decir, pagamos sus gastos para disfrutar de su compañía y emplearlo como intérprete, pues entendía el lenguaje de aquella zona y hablaba buen francés y algo de inglés; desde luego, aquel anciano nos resultaba de gran utilidad en todas partes. No llevábamos ni una semana en Pekín cuando apareció riendo: «Ah, señor inglés —dijo—. Os tengo que decir algo que os alegrará el corazón». «¿Qué alegrará mi corazón? —respondí—. ¿De qué puede tratarse? No conozco nada de estas tierras que pueda provocarme alegría o pena en grado extremo». «Sí, sí —dijo el anciano en su inglés roto—, usted alegre, yo penoso». Quería decir apenado. Eso aumentó mi curiosidad.
«¿Por qué os va a apenar?». «Porque —aclaró— vos me trajisteis aquí en veinticinco días de viaje y me dejaréis para que vuelva solo; ¿y cómo voy a llegar luego a mi puerto sin un barco, sin un caballo, sin pecunio?». Porque así llamaba él al dinero gracias a su inexacto latín, que tan a menudo provocaba nuestra risa.