Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Una vez tomada esa decisión nos pusimos de acuerdo en que, si el piloto portugués nos acompañaba, correríamos con sus gastos hasta Moscú, o hasta Inglaterra, si le parecía bien: tampoco cabe decir que fuera un exceso de generosidad, aun si lo hubiéramos costeado hasta más allá, pues los servicios que nos había prestado bien lo merecían, y más todavía; llevábamos en nuestros bolsillos algunos cientos de libras gracias a que él nos había procurado el mercader japonés. Así que lo debatimos entre nosotros y decidimos que queríamos gratificarle, lo cual, sin duda, era un acto de justicia; pero también queríamos conservar su compañía, pues era un hombre de gran utilidad en toda circunstancia. Por eso acordamos entregarle una cantidad de oro acuñado que, según mis cálculos, sumaba cerca de ciento setenta y cinco libras esterlinas entre los dos, aparte de correr con los gastos del pasaje, tanto suyo como del caballo, salvo aquellos en los que incurriera para llevar otro caballo que cargase con sus propiedades.