Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

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Acaso yo no habría conocido esta parte si mi curiosidad no me hubiera llevado, cuando empezó a hacer buen tiempo y amainó el viento, a abordar su barco: el segundo oficial, que en esta ocasión pilotaba el navío, había subido al nuestro y me había dicho que llevaban tres pasajeros en el camarote principal, en unas condiciones deplorables.

«Aún más —me dijo—. Creo que están muertos, pues hace más de dos días que no los oigo. Y me daba miedo averiguar, pues no tengo con qué aliviarlos».

De inmediato nos aplicamos a darles cuanto alivio pudiéramos permitirnos; desde luego, yo había incumplido ya en tal medida los acuerdos con mi sobrino que los hubiera avituallado aun si eso hubiese implicado ir hasta Virginia, o a cualquier lugar de la costa de América, para cargar provisiones; mas no fue necesario.

Sin embargo, ahora se enfrentaban a un nuevo peligro, pues les daba miedo comer demasiado, aun con lo poco que les dábamos. El primer oficial, o comandante, vino en su bote con otros seis hombres, pero aquellos pobres desgraciados parecían esqueletos y estaban tan débiles que apenas podían sentarse a los remos; incluso el oficial estaba muy enfermo y medio muerto de hambre, pues declaró que no se había reservado nada y había compartido con aquellos hombres, a partes iguales, cada bocado que comían.


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