Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe «Claro —contestó—. Es decir, si dais por hecho que soy un señor, o un prÃncipe, y sin duda lo soy. Mas ahora tenéis que considerarme sólo como hombre, criatura humana sin ninguna distinción sobre las demás, y entonces no puedo sufrir ninguna carencia, salvo que me visiten la enfermedad y el desánimo. En cualquier caso, por dejar la pregunta fuera de toda discusión posible: veis nuestros modales; en este lugar hay cinco personas de rango elevado, vivimos perfectamente retirados, adaptados a la situación del destierro; tenemos algo, rescatado del naufragio de nuestras fortunas, que nos libra de la mera necesidad de cazar para comer; en cambio, los pobres soldados que están aquà sin esa ayuda viven tan plenamente como nosotros. Van a los bosques y cazan martas y zorros; el trabajo de un mes los mantiene durante un año y, como la vida no es tan cara, tampoco es difÃcil conseguir lo suficiente para nosotros; asà que esa objeción queda descartada».
No dispongo del espacio suficiente para el relato completo de la muy agradable conversación que sostuve con este hombre, grande de verdad; a lo largo de la misma demostró que su mente estaba tan inspirada por un conocimiento superior de las cosas, tan bien apoyada en la religión y en una generosa ración de sabidurÃa que su desprecio por el mundo era realmente tan grande como habÃa comentado, y siempre se mantenÃa igual, como se verá en la historia que contaré a continuación.