Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Llevaba ocho meses allí y me parecía que era un invierno oscuro y terrible. El frío era tan intenso que no podía ni mirar hacia fuera si no estaba envuelto en pieles y llevaba una máscara de piel en la cara, o mejor una capucha, con apenas un agujero para respirar y dos para mirar. La poca luz del sol que teníamos, según calculábamos, durante tres meses no superaba las cinco horas al día, o seis como máximo; aunque con el suelo continuamente nevado y un tiempo despejado, nunca estábamos del todo a oscuras. Nuestros caballos eran cuidados (mejor dicho, descuidados por el hambre) bajo tierra; en cuanto a nuestros sirvientes (pues contratábamos sirvientes para que se ocuparan de nuestros caballos y de nosotros), de vez en cuando teníamos que descongelarles dedos de las manos y de los pies, para que no se les muriesen y se les cayeran.