Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Me escuchó con mucha atención y me miró seriamente mientras yo hablaba; ah, yo veía en su rostro que cuanto le estaba diciendo le hacía fermentar el ánimo; cambiaba con frecuencia de color, tenía los ojos rojos y le palpitaba el corazón de tal modo que hasta se le notaba en el semblante; tampoco pudo contestarme de inmediato cuando terminé y, como corresponde, me quedé esperando su respuesta; al cabo de una pequeña pausa, me dio un abrazo y dijo: «¡Qué desgraciados somos! Somos unas criaturas tan desorientadas que incluso nuestros mayores actos de amistad se nos convierten en trampas y nos vuelven tentadores de los demás. Mi querido amigo —dijo—, vuestra oferta es tan sincera y está tan llena de bondad, es tan desinteresada y está tan calculada para mi beneficio que yo demostraría muy poco conocimiento del mundo si no reconociera la deuda que establezco con vos por ella. Mas ¿creéis en lo que tan a menudo os he dicho acerca de mi desprecio por el mundo? ¿Creísteis cuando desnudé mi alma y os dije que aquí había alcanzado un grado de felicidad que me sitúa por encima de cuanto el mundo pudiera darme o hacer por mí? ¿Creísteis que era sincero cuando os dije que no volvería ni aunque me llamaran para recuperar cuanto fui en la corte, incluido el favor de mi señor, el zar? ¿Creísteis, amigo, que soy un hombre honesto, o un hipócrita fanfarrón?». Ahí se detuvo, como dispuesto a escuchar cuanto yo quisiera decirle; sin embargo, poco después me di cuenta de que había parado porque estaba emocionado: había una gran lucha en su corazón y no podía continuar. Yo estaba, lo confieso, asombrado por aquel hombre y por sus palabras, y expuse algunos argumentos para insistirle en que se liberase; le dije que debía contemplarlo como una puerta abierta por el cielo para su salvación y una citación de la Providencia, que se encarga del cuidado y la buena disposición de todas las cosas, para hacerse el bien a sí mismo y hacerse útil en el mundo.